lunes, 12 de mayo de 2008

siglo XVIII: Rousseau y Lichtenberg





De entre los pensadores del siglo XVIII, Rousseau es bastante conocido en general como uno de los más originales expositores de la doctrina del contrato social, como padre de la noción de soberanía popular y, particularmente, por la atención que prestó en su reflexión a la infancia y la pedagogía.

Se le atribuye una fuerte influencia en la noción moderna y aún predominante sobre la infancia, la que en gran medida se basa en lo que él definía como "pedagogía negativa", es decir, un reconocimiento de la infancia como una edad diferente que merecía ser entendida en sus propios términos y no desde el punto de vista adulto, y, por ende, la misión central de la pedagogía consistiría en garantizar el espacio adecuado para la expresión del ser niño. Dejar al niño ser niño antes que tratar de modelarlo, en definitiva.

Esta concepción se entiende muy bien en una frase del prefacio a su "Emilio o de la educacion":

"Desconocemos la infancia, y con las falsas ideas que de ella tenemos, cuanto más avanzamos en su conocimiento, más nos desviamos. Los más juiciosos se afanan en lo que importa a los hombres saber, sin considerar lo que los niños son capaces de aprender; buscan siempre al hombre en el niño, sin comprender lo que es antes de ser hombre".

Más adelante, en el Libro II de El Emilio, Rousseau insiste en la diferencia: "La humanidad tiene su lugar en el orden de las cosas; la infancia tiene también el suyo en el orden de la vida humana; es preciso considerar al hombre en el hombre, y al niño en el niño".

De dicha diferencia "natural" emanan consecuencias pedagógicas: "Mantened al niño dentro de la sola dependencia de las cosas, y habréis seguido el orden de la naturaleza en el progreso de su educación".

Esta concepción lo ubica frente a frente con Locke, tal como él mismo lo explicita cuando nos recomienda que "no se debe razonar con los niños": "Razonar con los niños es la máxima principal de Locke y la que más en boga está hoy, pero no me parece sin embargo muy apropiado para hacerla digna de crédito, y yo no veo nada más necio que esos niños con quienes tanto se ha razonado. Entre todas las facultades del hombre, la razón, que por así decirlo es un compuesto de todas las demás, es lo que se desarrolla con más dificultad y tardíamente, ¡y de ella se quieren servir para desarrollar las primeras! La obra maestra de una buena educación consiste en formar a un hombre racional, ¡y se pretende educar a un niño por medio de la razón! Eso es empezar por el final, y querer hacer del instrumento la obra. Si los niños discernieran qué es la razón, no tendrían necesidad de ser educados, pero al hablarles desde su más tierna edad una lengua que no entienden, se les acostumbra a contentarse con palabras, a controlar todo cuanto les dicen, a creerse tan sapientes como sus maestros, a hacerse disputadores y revoltosos, y todo cuanto piensan obtener de ellos por motivos razonables, nunca lo obtienen sino por los de la coodicia, el temor o la vanidad, que siempre se ve uno forzado a juntarlos".

Cómo se ve, luego de la afirmación - en principio totalmente correcta- de la naturaleza diferente del niño en relación al adulto, queda el espacio para que esta diferencia sea entendida o construida como la inferioridad esencial de un ser irracional. En el fondo, ambigüedad total del resultado, que bien puede seguir siendo adultocéntrico...

Trás esto, en las propias palabras de Rousseau, no se disimula demasiado el temor de fondo de todos los pedagogos de ayer y de hoy:

"Escuchad a un mozuelo al que se acaba de adoctrinar; dejadle parlotear, preguntar, disparatar a su gusto, y quedaréis sorprendido del extraño giro que vuestros razonamientos han tomado en su espíritu: lo confunde todo, lo transforma todo, os impacienta, os aflige a veces con objeciones imprevistas, os calláis, o les hacéis callar; ¿y qué puede pensar de ese silencio de un hombre que tanto gusta de hablar? Si alguna vez se alza con esta ventaja, y se da cuenta de ella, adios educación: todo ha terminado desde ese momento; ya no procura instruirse, procura refutaros".

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Sobre otras dimensiones e implicancias de la pedagogía en esa época, se pronuncia en algunos de sus numerosos aforismos otro hombre del siglo XVIII, don Georg Cristoph Lichtenberg -según algunos, el verdadero descubridor del inconsciente-:

"En Roma hubo un tiempo en que se educaba mejor a los peces que a los niños. Nosotros educamos mejor a los caballos. Nada puede ser más extraño que el hombre que amaestra a los caballos de palacio disponga de un sueldo de mil taleros y que los encargados de amaestrar a los súbditos, los maestros de escuela, se mueran de hambre".

"Un maestro de escuela no educa a individuos, educa a un género. Esta idea merece un atento análisis".

"Creo que Rousseau dijo 'un niño qué sólo conoce a sus padres, ni a ellos los conoce bien'. Esta idea se puede aplicar a muchos otros conocimientos, de hecho a todos los que no tienen un carácter puro: quien sólo entiende de química, ni de eso entiende bien".

"El asesinato de ciegos recién nacidos es una prueba fehaciente de cuan lejos puede llegar el espíritu cuando se le presentan dificultades".

"14 de junio de 1791. Me pregunto si al imponerle a un asesino el castigo de la rueda no caemos en el error del niño que golpea la silla con la que se tropieza".

"Si se toma a la naturaleza como maestra y a los pobres hombres como alumnos, se llega a una curiosa idea del género humano. Estamos en un colegio, disponemos de los principios necesarios para entender, y sin embargo atendemos más al chismorreo de nuestros condiscípulos que a la lección de la maestra; copiamos lo que el compañero escribe a nuestro lado, robamos algo que tal vez otro escuchó imprecisamente, multiplicamos nuestros errores ortgráficos e intelectuales".

(Estos 6 aforismos están tomados de la edición de Juan Villoro, en el FCE, sección VI: "La barbarie ilustrada").
(Las dos imágenes de arriba retratan a Félix, mi amigo más pequeño, en cuyo contacto he pensado que en la realidad, lejos de la etimología que se refiere a que los infantes no tienen voz, pareciera que muchas veces los adultos no tenemos ya un oído adecuado...pero es cosa de abrirlo y acostumbrarlo).