viernes, 18 de enero de 2008

3 instantáneas infantiles, por Walter Benjamin




No se ha insistido lo suficiente en que Walter Benjamin fue uno de los más interesantes, entusiastas y apasionados "niñólogos" del siglo XX. A continuación, tres "instantáneas" que aparecen en su "Calle de dirección única".


Niño que llega tarde.

El reloj del patio del colegio parecía estar herido por mi culpa. Daba las “demasiado tarde”. Y hasta el pasillo llegaba el murmullo de deliberaciones secretas procedentes de las puertas de las aulas que pasé rozando. Detrás de ellas profesores y alumnos eran amigos. O bien todo estaba en silencio, como si esperasen a alguien. Imperceptiblemente toqué el picaporte. El sol bañaba el lugar donde me encontraba. Así profané el joven día y entré. Nadie parecía conocerme. Como el diablo se quedó con la sombra de Peter Schlemihl, el profesor se había quedado con mi nombre al comienzo de la clase. Ya no me tocaba el turno. Colaboraba en silencio hasta que dieron la hora. Pero todo fue en vano.

Niño que golosinea.

A través de la puerta entreabierta de la despensa, su mano avanza como un enamorado por la noche. Una vez que se ha orientado en la oscuridad, tantea el azúcar o las almendras, las pasas de uva o la jalea. Así como el amante abraza a su chica antes de besarla, el sentido del tacto tiene una cita con las golosinas antes que la boca saboree su dulzura. ¡Cómo se adaptan suavemente a la mano la miel, los puñados de pasas y hasta el arroz! ¡Qué apasionado el encuentro de dos que, por fin, se han liberado de la cuchara! Agradecida y salvaje, como la muchacha que uno ha raptado de la casa paterna, se entrega al gusto la mermelada de frutilla, sin pan y en libertad, y hasta la manteca responde con ternura a la audacia de un pretendiente que penetró en su aposento de niña. La mano, juvenil Don Juan, ha entrado pronta en todas las celdas y aposentos, dejando atrás capas que se escurren y masas que fluyen: virginidad que se renueva sin lamento.

Niño escondido.

Ya conoce todos los escondrijos de la casa, y vuelve a ellos como a un hogar donde uno está seguro de encontrarlo todo como antes. Le palpita el corazón; retiene la respiración. Aquí se halla encerrado en el mundo material. Se le hace inmensamente preciso, se le acerca de una manera inefable. Sólo el reo, en el momento de la ejecución, se da cuenta de lo que son la soga y la madera. El niño oculto detrás del cortinado se convierte, él mismo, en una cosa blanca movida por el viento, en fantasma. La mesa del comedor, debajo de la cual se acuclilló, lo transforma en ídolo de madera de un templo en el cual las patas talladas son cuatro columnas. Y detrás de una puerta, él mismo es puerta, la lleva cual máscara pesada, y como sacerdote hechicero embrujará a todos lo que entren sin sospechar nada. Por nada del mundo debe dejarse encontrar. Le dicen que si hace muecas, es suficiente que el reloj dé la hora para que su cara quede deformada. En su escondite sabe qué hay de verdad en tal cosa. Quien lo descubra hará que se petrifique como ídolo debajo de la mesa, que quede entretejido para siempre como fantasma con la cortina, que permanezca confinado para toda la vida en el interior de la pesada puerta. Por eso, cuando lo toca quien lo busca, deja escapar con un estridente grito al demonio que así lo transfiguró para que no fuese hallado; más aun, no espera ese momento, lo anticipa con un grito de autoliberación. Por eso la lucha con el demonio no lo cansa. Y el hogar es arsenal de máscaras. Pero una vez por año hay regalos en los lugares secretos, en las cuencas vacías de sus ojos, en su rígida boca. La experiencia mágica se convierte en ciencia. Como un ingeniero, el niño desencanta el sombrío hogar paterno y busca huevos de pascua.