miércoles, 16 de enero de 2008

Freud y Lacan, L. Althusser


“Freud y Lacan”, Louis Althusser, 1964. Extracto. Tomado de: Escritos sobre psicoanálisis Freud y Lacan, Ciudad de México, Siglo XXI, 1996.


II

¿Cuál es el objeto del psicoanálisis? Aquello con lo que tiene que ver la técnica analítica en la práctica analítica de la cura, es decir, no la cura misma, no esta situación supuestamente dual en la cual la primera fenomenología o moral que llega logra satisfacer su necesidad, sino los “efectos”, prolongados en el adulto sobreviviente, de la espantosa aventura (1) que, del nacimiento a la liquidación del Edipo, transforma a un pequeño animal engendrado por un hombre y una mujer en un pequeño niño humano.

Uno de los “efectos” del volverse humano del pequeño ser biológico originado en el parto humano: he aquí, en su lugar, el objeto del psicoanálisis que lleva el simple nombre del inconsciente.

El que este pequeño ser biológico sobreviva, y en lugar de sobrevivir como niño de los bosques transformado en cría de lobos o de osos (se les mostraba en las cortes principescas del siglo XVIII), sobreviva el niño humano (habiendo escapado a todas las muertes de la infancia, de las cuales cuántas son muertes humanas, muertes que sancionan el fracaso del volverse-humano), ésta es la prueba que todos los hombres, adultos, superaron: son para siempre amnésicos, testigos y muy a menudo víctimas de esta victoria, llevando en lo más sordo, es decir en lo más agudo de ellos mismos, las heridas, imperfecciones y cansancios de este combate por la vida o la muerte humanas. Algunos, la mayor parte, salieron de ello más o menos indemnes –o por lo menos se obstinan, en voz alta, en afirmarlo-; muchos de estos antiguos combatientes quedan marcados de por vida; algunos morirán, un poco después, por su combate, con las viejas heridas súbitamente reabiertas en la explosión psicótica, en la locura, última compulsión de una “reacción terapéutica negativa”; otros, más numerosos, de la manera más “normal” del mundo, bajo el disfraz de una falla “orgánica”. La humanidad no inscribe más que a sus muertos oficiales en los memoriales de sus guerras: los que supieron morir a tiempo, es decir tarde, hombres, en guerras humanas, en las que no se desgarran y sacrifican más que lobos y dioses humanos. El psicoanálisis, en sus únicos sobrevivientes, se ocupa de otra guerra, atroz, de la única guerra sin memorias ni memoriales, que la humanidad finge no haber jamás librado, la que siempre piensa haber ganado por adelantado, simplemente porque existe sólo por haberla sobrevivido, por vivir y crearse como cultura en la cultura humana: guerra que, a cada instante, se libra en cada uno de sus retoños, que proyectados, torcidos, rechazados, cada uno para sí mismo, en la soledad y contra la muerte, deben recorrer la larga marcha forzada que, de larvas mamíferas, los hace niños humanos, sujetos.

Que en este objeto el biólogo no tenga interés es obvio, ¡esta historia no es biológica!, puesto que está por completo dominada, desde el inicio, por la coacción obligada del orden humano, que cada madre graba, bajo “amor” u odio materno, desde su ritmo alimenticio y crianza, en el pequeño animal humano sexuado. Que la historia, la “sociología” o la antropología no se interesen en él ¡no es sorprendente!, puesto que tienen que ver con la sociedad, o sea con la cultura, es decir con lo que ya no es el pequeño animal –que sólo se vuelve humano por haber salvado ese espacio infinito que separa a la vida de lo humano, a lo biológico de lo histórico, a la “naturaleza” de la “cultura”. Que la psicología se pierda en él ¡no es extraño!, puesto que piensa tener que ver, en su “objeto” con alguna “naturaleza”, o “no-naturaleza” humana, con la génesis de este existente identificado y registrado bajo los controles mismos de la cultura (de lo humano) –cuando el objeto del psicoanálisis es la cuestión previa absoluta, el nacer o no ser, el abismo aleatorio de lo humano mismo en cada retoño de hombre. Que la “filosofía” pierda en él sus señales y sus guaridas, era de esperarse, puesto que sus singulares orígenes le usurpan los únicos orígenes a los cuales rinde culto con todo su ser: Dios, la razón, la conciencia, la historia y la cultura. Sospecharemos que el objeto del psicoanálisis pueda ser específico, y que la modalidad de su materia, como la especificidad de sus “mecanismos” (tomando una palabra de Freud), sean de un tipo muy diferente al de la materia o los “mecanismos” que deben conocer el biólogo, el neurólogo, el antropólogo, el sociólogo, el psicólogo y el filósofo. Basta con reconocer esta especificidad, y por ende la distinción de objeto que la fundamenta, para reconocerle al psicoanálisis un derecho radical a la especificidad de sus conceptos, ajustados a la especificidad de su objeto: el inconsciente y sus efectos.

(1) Preferí quedarme con la forma utilizada en la primera versión mecanografiada. En versiones posteriores Althusser cambió la expresión "espantosa" por: "extraordinaria" (MG).